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Arquitectura Nueva York

Instituto Cervantes | Nueva York

Cierra los ojos. Imagínate en el midtown de Manhattan. Los rascacielos te rodean. Ahora piensa que encuentras un túnel; entras en él y, al salir, estas en el campo. ¿Magia? Si. Ese lugar mágico existe. Se llama Amster Yard, el jardín de Amster, y es la nueva sede del Instituto Cervantes en Nueva York.

El enclave fue designado landmark de la ciudad de Nueva York en 1966; fue uno de los primeros que se protegieron por la comisión de patrimonio de la ciudad (Landmarks Preservation Commission), a instancia del famoso arquitecto Philip Johnson. El informe de nombramiento lo describe como un ”pintoresco patio con forma de L, uno de los lugares más encantadores de la ciudad… Las fábricas de ladrillo pintado son extremadamente simples de diseño, pero se les da relevancia mediante repisas con esculturas, lámparas colgantes, verjas de fundición, árboles, arbustos, hiedra trepadora y marcos de ventana pintados de negro, todo ello produciendo una atmósfera hechizadora… Amster Yard toma su nombre de James Amster, un decorador que tuvo la idea en 1945, de coger esta propiedad de forma singular, con edificios de mediados del siglo XIX y convertirlo en un agradable oasis en el corazón de Manhattan…las referencias de construcción más antiguas datan de 1870… en el siglo XVIII se dice que el área de Amster Yard era la parada terminal de la diligencia de Boston, al borde del old Eastern Post Road ”

James Amster contaba que se encontró con la propiedad una noche de 1944, cuando, tras una cena, otro invitado que regentaba una inmobiliaria le llevó a ver una oferta de un lugar venido a menos: “las cuatro casas estaban en un terrible estado de deterioro, y el jardín lleno de escombros… Las fachadas  fueron virtualmente rediseñadas.”

Las que dan a la calle 49, originalmente dos anodinas brownstones de tres y cuatro plantas, fueron sustituidas por una elegante fachada de estilo federal eclectic con un zócalo común y otros detalles con clara vocación unificadora. En las que dan al patio se cambiaron de sitio puertas, ventanas, escaleras y chimeneas para adaptarse al nuevo uso, escamoteando los parches en la fábrica al pintar el ladrillo de blanco. Se añadieron varios elementos importantes: una marquesina metálica para acceder bajo refugio al edificio norte y desde la que contemplar el patio; una planta más, la segunda, en la parte trasera, que sería la vivienda de James Amster; el nuevo pavimento del jardín, hecho con grandes piezas de pizarra que establecían un itinerario que sitúa al espectador frente a un espejo a modo de trampantojo que dobla la sensación de espacio.

No le fue difícil encontrar inquilinos entre sus amigos artistas para las viviendas, tiendas y oficinas que configuraban el complejo; la vida social de Amster Yard fue muy intensa durante el tiempo que va desde la inauguración en 1946 con una fiesta a la que asistieron 700 personas, hasta la muerte del señor Amster en 1986.
Las reuniones de la Turtle Bay Association, que agrupaba a los vecinos de la calle 49, y de la que fue presidente James Amster, eran un buen ejemplo del uso público que propiciaba el jardín; el lugar forma parte de la memoria colectiva de la ciudad.

Amster Yard estaba de nuevo en decadencia, tras siete años sin ocupantes, cuando el Instituto Cervantes nos encargó el proyecto al ganar un concurso celebrado en el verano del año 1999; la impresión era más de selva que de jardín, y la declaración de landmark no lo había protegido de sucesivas renovaciones donde se habían cambiado las ventanas y puertas por otras de aluminio, situado aparatos de aire acondicionado en cada ventana, añadido conductos de instalaciones y rejillas por doquier, cambiado el pavimento de pizarra por ladrillos…parecía que la historia se repetía en relación a lo que sintiera James Amster al encontrarse con todo degradado en el año 1944: si lograbas abstraerte lo suficiente de las malas condiciones de lo que se veía, aparecía la magia.

El Instituto Cervantes, prestigioso organismo dedicado a extender la cultura en español por todo el mundo, precisaba alojar un programa muy ambicioso compuesto de aulas, oficinas, salón de actos, sala de exposiciones y biblioteca. Sin embargo, Amster Yard se componía de cinco edificios distintos, de escala doméstica, muy compartimentados, cada uno con su propia escalera y con distintas cotas de forjado, y con una protección “atmosférica” de muy difícil concreción.

Nuestra propuesta exprimía el lugar en todo lo posible, unificaba el complejo igualando los niveles de forjado y racionalizando las circulaciones, y ubicaba cada actividad en el sitio que mejor se adecuaba por tamaño y uso:

  • La sala de exposiciones dando a la calle principal y facilitando un uso independiente e inmediato a los transeúntes
  • La biblioteca alojada en el edificio interior, con la tranquilidad y la luz del patio
  • Las aulas y las oficinas en el segundo y tercer piso de los edificios norte y sur,  unidos al completar lo que hasta ahora era una fachada al patio inacabada
  • El salón de actos, ocupando el único vacío de dimensiones posibles para este uso: el propio patio, excavado.

El desarrollo del proyecto fue complicado y circular, porque, aunque siempre se respetaron las propuestas esenciales del concurso, la propiedad buscó durante mucho tiempo que le ofreciéramos soluciones alternativas que no incrementasen el presupuesto que se había reservado para esta actuación; produjimos desarrollos muy interesantes, con menos obra a ejecutar, sobre todo en la excavación, pero a cambio de renunciar a espacios y compartir usos. Finalmente se decidió respetar fielmente la solución original, porque conseguía que el edificio tuviera su máximo tamaño posible, necesario para las actividades que se iban a llevar a cabo en él.

El informe de patrimonio que declaraba protegido a Amster Yard daba a entender que, aunque la historia del lugar fuese anterior, la clave de su valor estaba en la atmósfera que había en el jardín tras la actuación de James Amster en el año 1946. Nuestra investigación convirtió esa intuición en tesis corroborada. Las fotografías de la propiedad anteriores a 1944 no revelaron ningún elemento de interés, salvo la constatación de los numerosos cambios que sufrió para ir adaptándose a las sucesivas necesidades. Recopilamos en las hemerotecas las  fotografías, recortes de prensa y revistas de interiorismo donde James Amster, por interés profesional, había publicado su renovación. Lo primero que llamó nuestra atención es que el decorador publicaba su propiedad seleccionando cuidadosamente las vistas. Amster Yard fue diseñado para ser visto mirando hacia el este desde la marquesina al final del túnel, y avanzando procesionalmente por el camino de pizarra hasta situarse en la distancia precisa frente al espejo que dobla el espacio. Las vistas oeste o sur fueron excluidas  de sus reportajes, obviamente porque no estaban bien compuestas; concretamente la fachada oeste no cerraba completamente la vista del patio. Cuando se muestra la información gráfica de la planta baja, en vez de orientar el plano hacia el norte, como es habitual, sobre todo en la retícula de Manhattan, gira convenientemente la propiedad y los textos noventa grados para presentarla de nuevo al este. La importancia manifiesta de la vista del jardín nos llevó a restituir los materiales, las formas y los detalles que aparecían en las fotografías de 1946 que mostraban la actuación de James Amster, preservando sus relaciones espaciales, y colocando los elementos históricos (verjas, lámparas, rótulos,…) en su exacto lugar.

Otra consideración de interés que se obtenía de las fotografías era la unidad del conjunto. Como hemos mencionado, los edificios eran originalmente independientes, pero James Amster pintó en todos ellos el ladrillo de blanco y las carpinterías de negro, en un juego abstracto muy neoyorquino, presente también en la marquesina de chapa metálica típica de esa época que añadió para proteger la vista del patio. La aparición del Instituto Cervantes como único propietario era la oportunidad que el lugar necesitaba para terminar la tarea que James Amster había comenzado. La necesidad de comunicar los edificios norte y sur,  posibilitaba ahora que la fachada oeste se completara.

Conseguimos el permiso de patrimonio para realizar esa nueva fachada en un vidrio moldeado en su cara exterior.  Es todo un acontecimiento que la comisión de patrimonio neoyorquino permita el derribo de fachadas de ladrillo, y sobre todo que se sustituyan por otras de materiales distintos al original; pero había varios motivos para solicitarlo así: el edificio original no ocupaba el ancho del patio y se trataba de una fachada a completar en un porcentaje muy importante; todo el conjunto se volcaba a la vista del jardín y esta fachada era la contraria, no era fundamental hasta ahora para la comprensión de la propiedad, por lo que hacerla de una manera singular podría añadir un nuevo interés; esta nueva fachada contiene el espacio de conexión entre los edificios donde se encuentran las aulas y las oficinas y se resuelve con una única viga cajón que salva como un puente los doce metros de ancho del patio sirviendo de asiento para la espera de alumnos y visitantes, por supuesto, orientándolos a la vista este, hacia el jardín; como queríamos mantener la configuración espacial del corredor de acceso, esta nueva fachada se convertía ahora en la entrada efectiva al complejo, y pasaba a cobrar mucha más importancia de la que tenía. El vidrio elegido guarda un recuerdo respetuoso al material original por el relieve que el molde le produce en su cara exterior, sin pretender en absoluto imitarlo. Se logra una textura rugosa cruzada por unas bandas horizontales que sugieren la sombra que la llaga horizontal le produce al ladrillo y se integra convenientemente con el resto de las fachadas. Los paneles de vidrio laminado extraclaro termofundido elaborados en España por la empresa de vidrios especiales Cricursa, contienen unas zonas transparentes en el lugar preciso para recordar la marca del edificio original y sus ventanas, que son el patrón para la modulación del muro cortina. Era muy importante que los paneles de vidrio fueran continuos, como lo son los paños de ladrillo a los que en parte sustituyen, así que las fijaciones puntuales, los herrajes y la sofisticada ingeniería de la fachada fueron desarrollados en España por Bellapart.

Obtuvimos los permisos para comenzar la ejecución en un tiempo que en Nueva York se puede considerar muy reducido para un proyecto tan complejo como este edificio histórico: el año que va de octubre del año 2000, a noviembre del 2001, y a la par se desarrolló el proyecto de ejecución incorporando las recomendaciones del departamento de edificación y de la comisión de patrimonio. La construcción empezó en enero del 2002, y el edificio terminado se inauguró el 10 de Octubre del 2003.

Tras la obligatoria retirada de los contaminantes y la demolición de los interiores,  los ingenieros neoyorquinos consultores de estructuras convencieron a la comisión de patrimonio de lo absurdo de mantener paños de fábrica de ladrillo muy mal conservados, con daños estructurales de importancia y salpicados de remiendos de huecos que, por seguridad, era mejor sustituir. La comisión apreció que la reconstrucción era adecuada por las evidencias físicas de su mal estado, y porque la designación ya mencionaba el menor interés de las edificaciones sobre la atmósfera del jardín y sus elementos complementarios. La única fachada que se consideró necesario respetar, porque se podía recuperar con tareas puntuales de restauración, era la fachada a la calle 49 que James Amster había realizado en el año 1946. Se diseñó un andamiaje tipo cercha muy complejo que posibilitara la ejecución de la obra, que tenía su única conexión con la calle a través de uno de los huecos de esta fachada; la tarea era verdaderamente como construir un barco dentro de una botella. También se pudo conservar un paño de fábrica original en el interior del patio, que sirve de testigo de la situación previa a la recreación contemporánea.

La excavación en roca para los sótanos fue una tarea muy costosa, primeramente para poder encontrar a una empresa que no estuviera ocupada con los desescombros de la zona cero, y después debido a la imposibilidad de introducir maquinaria pesada en el solar al tener que mantener íntegra la fachada a la calle.

La calle 49, de un solo carril, está dentro de la zona de influencia de las actividades de las Naciones Unidas, así que los condicionantes de permisos de aparcar, situar material o grúas, que tiene de por sí la zona del Midtown, en esta zona se multiplican.

El resto de vicisitudes de obra no dejan de ser comunes a la necesidad de dar vida a los edificios históricos con un uso público en unas dimensiones de escala incongruentemente doméstica, lo que lleva a la pelea por las pulgadas frente a las necesidades estructurales o de infraestructuras, aire acondicionado, sprinklers, etc.

Fuente: adhoc – Arquitectura > Territorio

Imagenes: David Frutos

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